IPC.
Textos adicionales de K. Popper.
La
refutabilidad como criterio de demarcación.
“[En
1919] comencé a abordar el problema siguiente: “¿Cuándo
debe ser considerada científica una teoría?” o “¿Hay un
criterio para determinar el status científico de una teoría?
El
problema que me preocupaba por entonces no era “¿Cuándo es
verdadera una teoría?” ni “¿Cuándo es aceptable una teoría?”.
Mi problema era diferente. Yo quería distinguir entre ciencia y
pseudociencia, sabiendo muy bien que la ciencia a menudo se equivoca
y que la pseudociencia a veces da con la verdad. (…)
Mis
dudas tomaron al principio la siguiente forma simple: “¿Qué es lo
que anda mal en el marxismo, el psicoanálisis y la psicología del
individuo de Adler? ¿Por qué son tan diferentes de las teorías
físicas, de la teoría de Newton y especialmente de la teoría de la
relatividad?” (…)
Los
analistas freudianos subrayaban que sus teorías eran constantemente
confirmadas por sus “observaciones clínicas”. En lo que respecta
a Adler, quedé muy impresionado por una experiencia personal. Una
vez, en 1919, le informé acerca de un caso que no me parecía
particularmente adleriano, pero él no halló dificultad alguna en
analizarlo en términos de su teoría de los sentimientos de
inferioridad, aunque ni siquiera había visto al niño. Experimenté
una sensación un poco chocante y le pregunté cómo podía estar tan
seguro. “Por la experiencia de mil casos”, respondió; a lo que
no pude evitar contestarle: “Y con este nuevo caso, supongo, su
experiencia se basa en mil y un casos”.
Lo
que yo pensaba era que sus anteriores observaciones podían no haber
sido mucho mejores que esta nueva; que cada una de ellas, a su vez,
había sido interpretada a la luz de “experiencias previas” y, al
mismo tiempo, considerada como una confirmación adicional. “¿Qué
es lo que confirman?”, me pregunté a mí mismo. Solamente que un
caso puede ser interpretado a la luz de una teoría. Pero esto
significa muy poco, reflexioné, pues todo caso concebible
puede ser interpretado tanto a la luz de la
teoría de Adler como de la de Freud. Puedo ilustrar esto con dos
ejemplos diferentes de conductas humanas: la de un hombre que empuja
a un niño al agua con la intención de ahogarlo y la de un hombre
que sacrifica su vida en un intento de salvar al niño. Cada uno de
estos casos puede ser explicado con igual facilidad por la teoría de
Freud y por la de Adler. De acuerdo con Freud, el primer hombre
sufría una represión (por ejemplo, algún componente de su complejo
de Edipo), mientras que el segundo había hecho una sublimación. De
acuerdo con Adler, el primer hombre sufría sentimientos de
inferioridad (que le provocaban, quizás, la necesidad de probarse a
sí mismo que era capaz de cometer un crimen), y lo mismo el segundo
hombre (cuya necesidad era demostrarse a sí mismo que era capaz de
rescatar al niño). No puedo imaginar ninguna conducta humana que no
pueda ser interpretada en términos de cualquiera de las dos teorías.
(…)
Con
la teoría de Einstein la situación era notablemente diferente.
Tomemos un ejemplo típico: la predicción de Einstein justamente
confirmada por aquel entonces por los resultados de la expedición de
Eddington. La teoría gravitacional de Einstein conducía a la
conclusión de que la luz debía sufrir la atracción de los cuerpos
de gran masa (como el Sol), precisamente de la misma manera en que
son atraídos los cuerpos materiales. Como consecuencia de esto,
podía calcularse que la luz de una estrella fija distante cuya
posición aparente es cercana al Sol llegaría a la Tierra desde una
dirección tal que la estrella parecería haberse desplazado un poco
con respecto al Sol; en otras palabras, parecería como si las
estrellas cercanas al Sol se alejaran un poco de éste y una de otra.
Se trata de algo que no puede observarse, pues durante el día el
abrumador brillo del Sol hace invisibles a tales estrellas; en
cambio, durante un eclipse es posible fotografiar dicho fenómeno. Si
se fotografía la misma constelación de noche, pueden medirse las
distancias sobre dos fotografías y comprobar si se produce el efecto
predicho.
Ahora
bien, lo impresionante en el caso mencionado es el riesgo implicado
en una predicción de este tipo. Si la observación muestra que el
efecto predicho está claramente ausente, entonces la teoría
simplemente queda refutada. La
teoría es incompatible con ciertos resultados posibles de la
observación, en nuestro caso
con resultados que todos habrían esperado antes de Einstein. Esta
situación es muy diferente de la descripta antes, cuando resultaba
que las teorías en cuestión eran compatibles con las más
divergentes conductas humanas, de modo que era prácticamente
imposible describir conducta alguna de la que no pudiera alegarse que
era una confirmación de esas teorías.
Las
anteriores consideraciones me llevaron a conclusiones que reformularé
de la siguiente manera: (…)
[(i)]
Toda buena teoría científica implica una prohibición: prohíbe que
sucedan ciertas cosas. Cuanto más prohíbe una teoría, mejor es.
[(ii)]
Una teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es
científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría, sino
un vicio. (…)
El
criterio de refutabilidad es una solución al problema de la
demarcación, pues sostiene que para ser colocados en el rango de
científicos, los enunciados o sistemas de enunciados deben ser
susceptibles de entrar en conflicto con observaciones posibles o
concebibles.”
Popper,
Karl, “La ciencia: conjeturas y refutaciones”, en Conjeturas
y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico,
Buenos Aires, Paidós, 1991, pp. 57 y ss.
La
probabilidad y las teorías científicas.
Mi
estudio del contenido de una teoría (o de un enunciado cualquiera)
se basó en la idea simple y obvia de que el contenido informativo de
la conjunción, a&b,
de dos enunciados cualesquiera a
y b,
será siempre mayor, o al menos igual, que el de cualquiera de sus
componentes.
Sea
a el
enunciado “el viernes lloverá”, b
“el sábado hará buen tiempo” y a&b
el enunciado “el viernes lloverá y el
sábado hará buen tiempo”: es obvio, entonces, que el contenido
informativo de este último enunciado, la conjunción a&b,
será mayor que el de su componente a
y que el de su componente b.
También es obvio que la probabilidad de a&b
(…) será menor que la de cualquiera de
sus componentes.
Si
escribimos Ct(a) para
significar “el contenido del enunciado a”, y Ct(a&b)
para significar “el contenido de la
conjunción de a y b”, tenemos
(1) Ct(a) ≤ Ct(a&b) ≥ Ct(b)
Esta
expresión se contrapone a la ley correspondiente del cálculo de
probabilidades,
(2)
p(a) ≥ p(a&b) ≤ p(b)
donde
los signos de desigualdad de (1) están invertidos. Estas dos leyes
juntas expresan que si aumenta el contenido, disminuye la
probabilidad, y viceversa; en otras palabras, que el contenido
aumenta con el aumento de la improbabilidad.
(…)
Este
hecho trivial tiene las siguientes consecuencias ineludibles: si el
desarrollo del conocimiento significa que operamos con teorías de
contenido creciente, ello debe significar también que operamos con
teorías de probabilidad decreciente (en el sentido del cálculo de
probabilidades). Así, si nuestro objetivo es el avance o desarrollo
del conocimiento, entonces no puede ser también nuestro objetivo
lograr una elevada probabilidad (en el sentido del cálculo de
probabilidades): esos
dos objetivos son incompatibles.
Popper,
K.”La verdad, la racionalidad y el desarrollo del conocimiento
científico”, en op.cit.,
capítulo 10, pág. 267.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario