jueves, 19 de octubre de 2017


IPC. Textos adicionales de K. Popper.

La refutabilidad como criterio de demarcación.

[En 1919] comencé a abordar el problema siguiente: ¿Cuándo debe ser considerada científica una teoría?” o “¿Hay un criterio para determinar el status científico de una teoría?
El problema que me preocupaba por entonces no era “¿Cuándo es verdadera una teoría?” ni “¿Cuándo es aceptable una teoría?”. Mi problema era diferente. Yo quería distinguir entre ciencia y pseudociencia, sabiendo muy bien que la ciencia a menudo se equivoca y que la pseudociencia a veces da con la verdad. (…)
Mis dudas tomaron al principio la siguiente forma simple: “¿Qué es lo que anda mal en el marxismo, el psicoanálisis y la psicología del individuo de Adler? ¿Por qué son tan diferentes de las teorías físicas, de la teoría de Newton y especialmente de la teoría de la relatividad?” (…)
Los analistas freudianos subrayaban que sus teorías eran constantemente confirmadas por sus “observaciones clínicas”. En lo que respecta a Adler, quedé muy impresionado por una experiencia personal. Una vez, en 1919, le informé acerca de un caso que no me parecía particularmente adleriano, pero él no halló dificultad alguna en analizarlo en términos de su teoría de los sentimientos de inferioridad, aunque ni siquiera había visto al niño. Experimenté una sensación un poco chocante y le pregunté cómo podía estar tan seguro. “Por la experiencia de mil casos”, respondió; a lo que no pude evitar contestarle: “Y con este nuevo caso, supongo, su experiencia se basa en mil y un casos”.
Lo que yo pensaba era que sus anteriores observaciones podían no haber sido mucho mejores que esta nueva; que cada una de ellas, a su vez, había sido interpretada a la luz de “experiencias previas” y, al mismo tiempo, considerada como una confirmación adicional. “¿Qué es lo que confirman?”, me pregunté a mí mismo. Solamente que un caso puede ser interpretado a la luz de una teoría. Pero esto significa muy poco, reflexioné, pues todo caso concebible puede ser interpretado tanto a la luz de la teoría de Adler como de la de Freud. Puedo ilustrar esto con dos ejemplos diferentes de conductas humanas: la de un hombre que empuja a un niño al agua con la intención de ahogarlo y la de un hombre que sacrifica su vida en un intento de salvar al niño. Cada uno de estos casos puede ser explicado con igual facilidad por la teoría de Freud y por la de Adler. De acuerdo con Freud, el primer hombre sufría una represión (por ejemplo, algún componente de su complejo de Edipo), mientras que el segundo había hecho una sublimación. De acuerdo con Adler, el primer hombre sufría sentimientos de inferioridad (que le provocaban, quizás, la necesidad de probarse a sí mismo que era capaz de cometer un crimen), y lo mismo el segundo hombre (cuya necesidad era demostrarse a sí mismo que era capaz de rescatar al niño). No puedo imaginar ninguna conducta humana que no pueda ser interpretada en términos de cualquiera de las dos teorías. (…)
Con la teoría de Einstein la situación era notablemente diferente. Tomemos un ejemplo típico: la predicción de Einstein justamente confirmada por aquel entonces por los resultados de la expedición de Eddington. La teoría gravitacional de Einstein conducía a la conclusión de que la luz debía sufrir la atracción de los cuerpos de gran masa (como el Sol), precisamente de la misma manera en que son atraídos los cuerpos materiales. Como consecuencia de esto, podía calcularse que la luz de una estrella fija distante cuya posición aparente es cercana al Sol llegaría a la Tierra desde una dirección tal que la estrella parecería haberse desplazado un poco con respecto al Sol; en otras palabras, parecería como si las estrellas cercanas al Sol se alejaran un poco de éste y una de otra. Se trata de algo que no puede observarse, pues durante el día el abrumador brillo del Sol hace invisibles a tales estrellas; en cambio, durante un eclipse es posible fotografiar dicho fenómeno. Si se fotografía la misma constelación de noche, pueden medirse las distancias sobre dos fotografías y comprobar si se produce el efecto predicho.
Ahora bien, lo impresionante en el caso mencionado es el riesgo implicado en una predicción de este tipo. Si la observación muestra que el efecto predicho está claramente ausente, entonces la teoría simplemente queda refutada. La teoría es incompatible con ciertos resultados posibles de la observación, en nuestro caso con resultados que todos habrían esperado antes de Einstein. Esta situación es muy diferente de la descripta antes, cuando resultaba que las teorías en cuestión eran compatibles con las más divergentes conductas humanas, de modo que era prácticamente imposible describir conducta alguna de la que no pudiera alegarse que era una confirmación de esas teorías.
Las anteriores consideraciones me llevaron a conclusiones que reformularé de la siguiente manera: (…)
[(i)] Toda buena teoría científica implica una prohibición: prohíbe que sucedan ciertas cosas. Cuanto más prohíbe una teoría, mejor es.

[(ii)] Una teoría que no es refutable por ningún suceso concebible no es científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría, sino un vicio. (…)
El criterio de refutabilidad es una solución al problema de la demarcación, pues sostiene que para ser colocados en el rango de científicos, los enunciados o sistemas de enunciados deben ser susceptibles de entrar en conflicto con observaciones posibles o concebibles.”

Popper, Karl, “La ciencia: conjeturas y refutaciones”, en Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico, Buenos Aires, Paidós, 1991, pp. 57 y ss.


La probabilidad y las teorías científicas.

Mi estudio del contenido de una teoría (o de un enunciado cualquiera) se basó en la idea simple y obvia de que el contenido informativo de la conjunción, a&b, de dos enunciados cualesquiera a y b, será siempre mayor, o al menos igual, que el de cualquiera de sus componentes.
Sea a el enunciado “el viernes lloverá”, bel sábado hará buen tiempo” y a&b el enunciado “el viernes lloverá y el sábado hará buen tiempo”: es obvio, entonces, que el contenido informativo de este último enunciado, la conjunción a&b, será mayor que el de su componente a y que el de su componente b. También es obvio que la probabilidad de a&b (…) será menor que la de cualquiera de sus componentes.
Si escribimos Ct(a) para significar “el contenido del enunciado a”, y Ct(a&b) para significar “el contenido de la conjunción de a y b”, tenemos


 (1) Ct(a) ≤ Ct(a&b) ≥ Ct(b)

Esta expresión se contrapone a la ley correspondiente del cálculo de probabilidades,

(2) p(a) ≥ p(a&b) ≤ p(b)

donde los signos de desigualdad de (1) están invertidos. Estas dos leyes juntas expresan que si aumenta el contenido, disminuye la probabilidad, y viceversa; en otras palabras, que el contenido aumenta con el aumento de la improbabilidad. (…)
Este hecho trivial tiene las siguientes consecuencias ineludibles: si el desarrollo del conocimiento significa que operamos con teorías de contenido creciente, ello debe significar también que operamos con teorías de probabilidad decreciente (en el sentido del cálculo de probabilidades). Así, si nuestro objetivo es el avance o desarrollo del conocimiento, entonces no puede ser también nuestro objetivo lograr una elevada probabilidad (en el sentido del cálculo de probabilidades): esos dos objetivos son incompatibles.

Popper, K.”La verdad, la racionalidad y el desarrollo del conocimiento científico”, en op.cit., capítulo 10, pág. 267.

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